Esta semana nuevamente me enfermé. No tengo claro qué fue, pero todo indica que pudo ser algún virus extraño que afectó mi sistema digestivo (al parecer el más débil de mis sistemas), pero para el caso da lo mismo. Lo que pasó conmigo es de lo que me gustaría escribir acá: el deseo de volver al tiempo en que podía enfermarme tranquilamente pues nadie dependía de mí, todo lo contrario, pues era yo quien dependía de los cuidados esmerosos (no se gaste en buscar si esta palabra existe o no pues la ocuparé igual, se entiende) de mi madre. Gracias al cielo sigo contando con los cuidados de mi mamá, pues me visita y acompaña cada vez que la necesito (lo que es más frecuente de lo que me gustaría, y no me quejo de su compañía, sino por la dependencia que sigo teniendo con ella, pero en fin).
El caso es que me sentí pésimo al percatarme lo que estaba pensando: me encantaría por un momento no tener hijos, marido, ni responsabilidades para poder descansar tranquila. No puedo evitar sentirme culpable por haber sentido esto, por más que ya lo compartí con mi marido y me dio a entender que es natural debido a la extrema atención que le presto a mi hijo, a mi obsesión por hacer todo bien y por cumplir a todo el mundo. A pesar de ello me sorprendo pues no imaginaba lo agobiante que podría llegar a ser cumplir con los roles de mujer adulta, madre, esposa, etc. (sin contar con los estudios porque estoy de vacaciones)
Me cuesta asumir estos roles. Son más complicados de lo que yo pensaba y eso se suma a la maraña que tengo en mi cabecita, llena de trancas, reflexiones, cosas por cumplir, metas que alcanzar, sueños que concretar, tareas inconclusas, autocríticas sin solución... Es en estos casos en los que me siento fuera de tiempo y lugar, como si parte de mí se hubiera acomodado más al siglo dieciocho.